Sábado 17 de Abril de 2010 20:10

En los restaurantes, llama la atención, el incremento de comensales que comen sin vino. Beber de forma voluntaria, implica una búsqueda de satisfacción, de placer y nunca puede ser un castigo.
Más, si consideramos en sentido amplio, que el vino es un alimento, que también se ingiere, con la finalidad de acompañar armoniosamente una comida, aunque no casa con todo.
Varios son los factores que contribuyen al descenso de su consumo. Entre ellos, los controles de alcoholemia, son lo más temido. Ciertamente, aquí no hay nada que objetar: el alcohol y la conducción son incompatibles. Parece que nos cuesta más renunciar al vehículo que prescindir del vino; cuestión de prioridades. Yo voto por el vino y el taxi.

Hablamos de asociar vino y comida, por tanto el cocinero y su equipo deben preocuparse de la combinación de los vinos con su oferta de platos y viceversa. ¿Cuántos cocineros, elaboran platos pensando en vinos determinados?
Está después, algún sector de la clase médica, que tiene la costumbre de demonizar todo lo placentero. El vino, también. De todos modos frente a opiniones dogmáticas sobre el consumo se alza, por un lado, el sentido común de la cultura mediterránea, expresado por la moderación y, por otro, los estudios científicos sobre las cualidades saludables del vino, ambos, en consonancia con el postulado de Paracelso: «La dosis apropiada es lo que diferencia un veneno de un remedio».

Por último está: el precio. Hoy se dice, con razón, que una botella de vino en el restaurante es un invitado más a la hora de pagar. Así, la mayoría de los restaurantes practican márgenes del 100 por ciento y hasta del 300 por ciento sobre su precio de coste; algo han de ganar, que un restaurante es un negocio. ¿Pero tanto? ¿A cambio de qué? Y esos precios son, muchas veces y según para quién, disuasorios. Hay vinos asequibles... pero no abundan en las cartas.

Por otra parte, y aunque los prescriptores alaben este tipo de etiquetas, el consumidor las ve con cierta desconfianza: no creen que un vino barato, pueda ser aceptable, son muchos años de experiencia contraria, de vinos mediocres, impuesto por el acoso reiterado.

Finalmente, al consumidor castigado, le queda el consuelo de la cerveza, el agua o limitarse a los establecimientos que atienden sus necesidades.
Viernes 12 de Febrero de 2010 18:20

La aparición de vinos de calidad en nuestro país, está siendo espectacular (nunca antes se ha producido tanto vino y tan bueno como ahora), pero en cambio las ventas no siguen el mismo ritmo.
¿Cuáles son los objetivos que debe tener el bodeguero para su solución?
Creemos que existe uno principal y los demás son tareas que se tienen que desarrollar para alcanzar los fines deseados.
El objetivo principal es anteponer la persona al producto que consume. Por lo tanto se debe adecuar la oferta de vinos al perfil del consumidor. Una botella de vino no es ni más ni menos que un artículo más dentro de la oferta de alimentos y bebidas, con la gran ventaja que al consumirla nos procura un placer sensorial.
En cuanto a las tareas, existen unas cuantas fruto del sentido común que, creemos que a día de hoy no se tienen en cuenta.

En primer lugar hay que dar a conocer la cultura del vino, especialmente entre los jóvenes que, por otra parte, malgastan salud y dinero bebiendo irreflexivamente espirituosos de alta graduación. Eso se puede conseguir enseñando a la gente joven de manera sencilla, qué es el vino, cuáles son sus características y cómo disfrutarlo con un consumo responsable.
También es importante facilitar al consumidor por medio de una educación amena, constante y accesible, la elección en la compra de vinos. Para ello, las tiendas deben tener una oferta coherente y expuesta con criterios, y además deben facilitar al cliente las claves necesarias para saber valorar qué vino se compra.

La tercera tarea que se debería llevarse a cabo es recomponer esa mentalidad que desde hace tiempo y por varias razones se ha impuesto al visitar bares y cafeterías, cambiando las costumbres de siempre: lo natural y lógico es consumir productos propios de la zona donde se vive ¿por qué cerveza, cola, whisky, ron o ginebra antes que vinos? Además, beber vino en bares no tiene porqué ser necesariamente un “chiquiteo” tomando vinos infames. ¿Por qué no sentarse y descorchar la botella de buen vino que uno pueda elegir?

Por último, sería importante que quienes elaboran vino, además de abrir las puertas a nuevas tecnologías, dejaran así mismo entrar aire fresco en las bodegas en lo que se refiere al aspecto comercial y empiecen a estudiar posibles mercados (por tipos de consumidores) y diseñen y ofrezcan productos atractivos en vez del típico catálogo de Blanco-Rosado-Tinto joven-Crianza-Reserva y Gran Reserva
Todo ello quizás contribuiría a facilitar el acceso y disfrute de muchas personas a esa maravilla que la naturaleza nos ofrece: el vino.














