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PobreEl mejor 

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A los romanos les debemos muchas cosas y, entre ellas, el cultivo de los viñedos y el posterior consumo de los vinos obtenidos. Hoy en día, los enólogos, gracias a sus conocimientos y tecnología, están logrando verdaderas obras de arte, si se me permite la expresión, a la hora del disfrute de los caldos que con esmero elaboran. Rara es la región de España que no tiene vinos dignos de alabanza, lo cual es un mérito que hay que reconocer a los bodegueros y a todos aquellos que apostaron por la calidad del vino en nuestro territorio nacional.

Pero el consumo de esta bebida ha de hacerse con moderación (como todo en esta vida). El alcohol que posee comenzamos a asimilarlo en el momento que damos el primer trago. Un porcentaje muy pequeño se absorbe a través de la boca, y más en el caso de los vinos de aguja y espumosos, debido a su contenido en carbónico, que facilita este tránsito. Entre un 20 y un 30 por ciento se absorbe en el recorrido a través del esófago y en el estómago. El resto (aproximadamente el 70 por ciento) será absorbido en el intestino delgado. Desde aquí será conducido vía sanguínea al hígado, verdadero transformador o metabolizador del alcohol en fuente calórica o energética.

Con esta somera explicación es fácil llegar a comprender cómo un exceso de alcohol puede dañar el estómago, al irritar su pared interna (mucosa gástrica), ocasionando una inflamación de la misma (gastritis). También entenderemos cómo puede afectar a las células del hígado (hepatocitos), degenerándolas y acarreando, por consiguiente, la tan conocida cirrosis, o incluso un tipo de tumor hepático.

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Existe también un efecto a nivel de los riñones (el alcohol puede llegar hasta aquí, a través de la sangre), y es que inhibe la hormona vasopresina (también denominada antidiurética), cuyo efecto es el de disminuir la cantidad de orina; si inhibe esta hormona, orinaremos más cantidad de líquido, por lo que perdemos más agua de la que ingerimos. Este efecto es lo que ocasiona la tan temida resaca matutina, ya que el cerebro también ha perdido líquido. De ahí la necesidad de nuestro organismo de un mayor consumo de agua, tras la ingesta de alcohol.

Pero bien es cierto que últimamente han ido apareciendo estudios clínicos serios donde se demuestra el efecto benefactor del consumo de vino moderado (una o dos copas al día), y más en el caso del tinto. ¿Y por qué este efecto beneficioso no se produce en el vino blanco? Pues porque los compuestos fenólicos, cuyo máximo representante es el resveratrol, se encuentran en la piel del fruto. Si esta piel se mantiene unos días macerando con el mosto, además de obtener un vino tinto con una importante carga de taninos haremos que los productos fenólicos se traspasen al caldo, que es lo que en este caso concreto nos interesa.

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¿Pero cuáles son los efectos que el resveratrol tiene en nuestro organismo? Fundamentalmente, que puede bloquear a las células con riesgo de degeneración cancerígena, previniendo así la aparición de un tumor.

Otro importante efecto para la salud es que nos mejora los niveles de colesterol, favoreciendo incluso la elevación del HDL-colesterol, o colesterol bueno. También somos conocedores de que actúa sobre las plaquetas de la sangre, disminuyendo la posibilidad de formación de trombos en las arterias.

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El problema parte de que, en el caso de algunos jóvenes cuyo patrón de consumo de bebidas alcohólicas desafortunadamente no se ajusta a las características de hábito saludable, puede ocasionarles daños endocrinos e incluso neuronales graves, afectando a su conducta social (incremento de la violencia) y a su rendimiento escolar. Por todo ello, nunca será suficientemente repetitivo insistir en el consumo inteligente del vino. Ya Cervantes, en boca de Don Quijote, dejó escrito: «El vino que se toma en medida, jamás fue causa de daño alguno».

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